Grupos Facebok

Ir al contenido principal

El rostro del mal

El mal nombrado: demonios, miedo y cultura en la historia de la humanidad

Introducción a la demonología

La demonología es la ciencia o doctrina dedicada al estudio de los demonios. El término “demonio” proviene del griego daímōn, que originalmente significaba un espíritu o divinidad intermedia, sin connotación necesariamente malévola. Con el tiempo, sin embargo, este término adquirió un sentido maléfico: ya en la Septuaginta (la traducción griega de la Biblia) “demonio” se usó para traducir entidades malévolas del judaísmo. En cualquier caso, la creencia en seres demoníacos resulta sorprendentemente universal y muy antigua en múltiples culturas y épocas. Todas las sociedades han desarrollado de alguna forma relatos de espíritus malignos o demonios, acompañados de rituales mágicos y exorcismos para ahuyentarlos. Este fenómeno milenario y global es el punto de partida de la demonología.

Historia y evolución de la demonología

Las primeras evidencias de demonología datan de las civilizaciones del Oriente antiguo. En Mesopotamia se registran textos sumerios y acadios con conjuros mágicos y rituales exorcistas contra espíritus malignos. Los asirios, por ejemplo, creían en una multitud de demonios asociados a fuerzas de la naturaleza (enfermedades, viento, tormentas, etc.) que obligaban a realizar fórmulas protectoras. En el zoroastrismo persa antiguo se formuló una cosmología dualista: el benevolente Ahura Mazda (dios de la luz) contra el maligno Angra Mainyu (Ahriman), descrito literalmente como el demonio de los demonios. Desde muy temprano, pues, se pensó en demonios como fuerzas activas del mal enfrentadas a las divinidades benevolentes.

Estatua de un oni armado con un kanabō

Con el desarrollo del judaísmo bíblico hubo referencias más puntuales. La Torá menciona escasamente a los espíritus malignos, pero incluye alusiones importantes: la serpiente tentadora en el Paraíso, Satanás en el libro de Job (como acusador del justo), y hasta un macho cabrío enviado al desierto para “Azazel” en el Día de la Expiación. En Isaías se habla de Lilit (traducida a veces como «monstruo nocturno» o «lamia») habitando en lugares desolados. Con el tiempo libros apócrifos judíos añadieron personajes demoníacos más definidos: en el libro de Tobías aparece Asmodeo, demonio al que se atribuye la lujuria y la muerte de maridos, vinculado por algunos con el monstruo persa Aeshma Daēva. De esta forma, tras el Exilio en Babilonia la demonología judía se amplió notablemente, incorporando elementos persas/babilónicos en un marco propio.

Con la llegada del cristianismo, el panorama demonológico heredó la tradición hebrea y la enriqueció con conceptos grecorromanos. El Nuevo Testamento da por sentado la existencia de demonios (por ejemplo, en episodios de exorcismos de Jesús) pero no desarrolla un sistema propio. Fue en la Edad Media cuando la Iglesia Católica construyó una demonología sistematizada: se asumió que los demonios son en su mayoría ángeles caídos que siguieron a Lucifer (SATANÁS) en su rebelión. Lucífere (“portador de luz”) era el ángel más bello del Cielo que se transformó en príncipe de los demonios. A partir de entonces se concibió una jerarquía demoníaca (satán, arcidemonios, legiones de íncubos/súcubos, etc.).


Durante el Renacimiento y la Reforma europea hubo un resurgir de la demonología popular y académica: autores escribieron tratados sobre los demonios, y las sociedades vivieron episodios de histeria demoníaca y cacerías de brujas. Esta “caza del demonio” reflejaba miedos sociales profundos. En el siglo XIX y XX, aunque el racionalismo secularizó la cultura, la demonología revivió en el ocultismo occidental. Algunos ocultistas modernos (por ejemplo, A. Crowley) reinterpretaron demonios como símbolos psicológicos internos, aunque mantuvieron el sistema tradicional de nombres y sigils. Como señala un estudio contemporáneo, en el ocultismo un “demonio” a veces puede ser usado meramente como metáfora de procesos psíquicos complejos. En la actualidad, la demonología existe tanto como tradición religiosa marginal (satanismo ritual, religiones neopaganas) como elemento de la cultura popular.

Tradiciones culturales en torno a los demonios

Oriente Próximo (Mesopotamia y Persia): En Mesopotamia clásica (sumerios, acadios, asirios) se registran innumerables conjuros contra demonios. Por ejemplo, se temía mucho a Lamashtu, demonio femenino que atacaba embarazadas y niños, y para protegerse se invocaba a Pazuzu. Pazuzu era el “rey de los demonios del viento” asirio, representado con cuerpo híbrido humano-avícola (como en la estatua de arriba). Sorprendentemente, se le llamaba para proteger contra Lamashtu y otras calamidades (en la imagen se ve una estatuilla típica de Pazuzu, con garras, alas y cola de escorpión). En Persia, la influencia del zoroastrismo estableció a Angra Mainyu (Ahriman) como el espíritu maligno supremo opuesto a la luz. Además, en escritos mazdeístas (por ejemplo el Vendidad) los demonios ocupan un papel central en la explicación del mal en el mundo.

Judaísmo: La tradición judía temprana no detalla elaborate demonologías (más bien habla de ángeles justicieros). Sin embargo, aparecen referencias clave: la serpiente del Génesis, Satanás acusando en Job, el abadón/dragón en Salmos o Apocalipsis hebreo, y la cabra del Azazel en Levítico (mencionada en Isaías como seña de que “demonios” habitan en regiones desoladas). En el judaísmo rabínico medieval floreció la demonología folklórica. Allí Lilit (Llamia) se concibió como la primera esposa de Adán, diablesa de la noche con muchos hijos demoníacos. Asmodeo cobró enorme importancia tras el Tobit: identificado por algunos con un demonio persa (Aeshma), se presenta como el arquetipo del demonio sensual, y en el Talmud se le describió con historias propias de Las Mil y Una Noches. En resumen, la demonología hebrea es resultado de tradiciones bíblicas reinterpretadas mediante exégesis rabínica, filtradas por influencias persas/babilónicas, pero con un carácter propio.

Pazuzu, príncipe de los demonios asirios

Cristianismo: En el catolicismo se canonizó la figura de Satanás/Lucifer como líder del mal, quedando todos los demonios subsiguientes bajo su mando. Con la cristianización de Europa y Medio Oriente, antiguos dioses y genios paganos fueron etiquetados como demonios del mal. Por ejemplo, elementos de Pan y los sátiros se incorporaron al icono del Diablo, con cuernos y patas de cabra. En el arte medieval y renacentista abundan imágenes demoníacas (dragones, ángeles caídos). La Iglesia enseñó que los demonios son reales y activos; incluso se oficializó el rito de exorcismo para expulsarlos. Aun hoy los exorcistas católicos basan su práctica en la noción oficial de ángeles caídos que afligen a la humanidad.

Islam: El Corán y la tradición islámica incorporaron la idea de seres demoníacos pero bajo un vocabulario diferente. Los jinn (genios) son seres creados por Dios de fuego sutil, con libre albedrío, capaces de ayudar o perjudicar a los humanos. Iblis (a veces traducido como Satanás) es un jinn que se rebeló contra Alá, por lo que fue expulsado (es la contraparte de Lucifer). Los demonios propiamente dichos (shayāṭīn o dīv) en el Islam se diferencian de los jinn en que son vistos casi siempre como fuerzas malignas. De hecho, en la etimología persa-arabizaba la palabra dīv indica un demonio de la oscuridad. Como señalan estudios comparativos, en la cultura islámica los demonios comparten muchos atributos con los jinn pero actúan perversamente. Al igual que en el judaísmo, los musulmanes creen en la posesión demoniaca; muchas culturas musulmanas atribuyen ciertos trastornos (parálisis del sueño, trastornos mentales) a ataques de jinn malvados.

Tradiciones orientales: En Asia oriental las creencias demoníacas provienen de tradiciones indígenas y de influencias budistas/taoístas. En el budismo existe la figura de Mâra, el demonio de la ilusión y la muerte, que tentó al Buda en el desierto: en las pinturas tradicionales aparece ofreciendo placeres mundanos al asceta. En el hinduismo las historias épicas hablan de asuras y ráksasas, dioses caídos y monstruosidades opuestas a los devas (dioses). Estas criaturas demoníacas no siempre son absolutas: con la reencarnación, hasta los asuras pueden superar su naturaleza maligna. En Japón destaca el oni, un yokai demoníaco de enorme tamaño y fuerza (ver foto). Los oni suelen representarse con piel roja o azul, cuernos, colmillos y con garrotes de hierro. Simbolizan la ferocidad y la impureza; aparecen en festivales populares y en historias de exorcismos nipones. En China e Indochina, los demonios populares (fantasmas vengativos, espíritus reptilianos, etc.) a menudo fusionan mitologías budistas, taoístas y animistas locales.

Figuras demoníacas destacadas

A lo largo de las culturas surgen personajes demoníacos emblemáticos. Algunos ejemplos son:
  • Pazuzu (Mesopotamia). Era llamado “rey de los demonios del viento”. Aunque su aspecto es terrorífico (cuerpo humano con cabeza grotesca, garras de león, alas de águila y cola de escorpión), los mesopotámicos lo invocaban como protector contra males mayores como Lamashtu. En tablillas antiguas aparece reprimiendo el mal de otros demonios.

  • Lilit (Lilit, Lamia). En el folclore judío-ladino y mesopotámico es la diablesa de la noche. Se cuenta que fue la primera esposa de Adán, creada igual que él, pero abandonó el Edén por rebeldía. Se le atribuye ser madre de demonios (incubos/súcubos) y representa la “mujer fatal” y libertina. En la iconografía moderna, Lilith aparece desnuda y seductora (como en Lady Lilith de Rossetti) para simbolizar la rebeldía femenina.

  • Asmodeo. Mencionado en el libro bíblico de Tobías, se asoció a la lujuria y la muerte de esposos. La demonología judía medieval lo identificó con la deidad demoníaca persa Aeshma. Es especialmente destacado en el Talmud y leyendas de Oriente Próximo como demonio obcecado en el placer.

  • Lucifer/Satán. Para el cristianismo, Lucifer era un ángel de luz que se rebeló por soberbia y fue expulsado al Infierno; así quedó convertido en el Diablo máximo. A partir de San Agustín y los Padres latinos se fundió la imagen luciferina con la figura del dragón apocalíptico. De Lucifer derivaron otros demonios principales: Belcebú (señor de las moscas), Mammon (avaricia), Belial (rebeldía). En la teología católica contemporánea, estos demonios son vistos como ángeles caídos liderados por Satanás.

  • Iblis/Shaytán. En el Islam, Iblis es el nombre del ángel convertido en demonio (o un jinn rebelde) que tienta a Adán y Eva. A veces se distingue a Iblis (Satanás) de shayatin (demonios menores). En la tradición popular islámica se describen distintas clases de demonios (maridifrit, etc.) que asedian al ser humano con envidia, ira o tentaciones.

  • Mâra. En el budismo, Mâra es la personificación del sufrimiento y la muerte. Intentó distraer al Buda con placeres y miedo cuando meditaba por la iluminación. Pese a su fracaso, el arte budista lo inmortaliza como tentador.

  • Asura y Rakshasa. En la literatura india y jainista, estos son seres poderosos antes considerados dioses (asura significa “antiguo dios”). Tras rebelarse contra los devas, se convirtieron en demonios guerreros que siembran el caos en el cosmos.

  • Oni. Ya mencionado, el oni japonés es quizá el demonio folklórico más famoso de Japón. Aparece en el folclore como ogro castigador, en cuentos de exorcismo (kitsune no yokai) y en el manga/anime moderno. Se le reconoce por su piel de color chillón, una o varias cabezas de cuernos y portando un enorme mazo (“kanabō”).

Estos personajes simbolizan aspectos oscuros de la naturaleza humana o del universo: el orgullo (Lucifer), la sexualidad desbocada (Lilith, Asmodeo), la tentación (Mâra, Iblis), la violencia salvaje (Oni). A menudo se piensa que cada demonio encarna un pecado capital o una debilidad humana, de forma que la mitología demoníaca funciona también como enseñanza moral.

Demonología en literatura, arte y cultura popular

Los demonios han tenido un papel central en el arte y la literatura universal. Siglos de literatura los representan: desde relatos épicos y bíblicos hasta novelas góticas y cuentos de terror. Dante Alighieri describió minuciosamente el Infierno lleno de demonios; John Milton inmortalizó a Lucifer en El Paraíso Perdido. Las leyendas de Fausto (Goethe, Marlowe) muestran pactos con demonios por poder. En la pintura y escultura medievales abundan escenas infernales (por ejemplo, frescos románicos del Juicio Final con demonios arrastrando almas). En la pintura moderna, artistas prerrafaelitas como Rossetti (ver imagen de Lilith más arriba) retomaron viejos mitos demoníacos con un enfoque simbólico.

Lilith por John Collier (1892).

Los demonios también recorren el imaginario popular contemporáneo. Se les ve en películas de horror (desde El Exorcista hasta películas de zombies), series de TV (como Supernatural o Lucifer), videojuegos (Diablo, Persona, etc.), cómics y heavy metal. De hecho, como observan estudios culturales, los demonios “siguen apareciendo en la literatura y el arte actuales como símbolos del caos y de los conflictos internos”. Así, incluso cuando se presentan como antagonistas, cumplen una función narrativa: encarnan el mal absoluto, los temores del ser humano o sus deseos inconfesables. El demonio pasa también a la cultura popular cotidiana: expresiones («tiene demonios que lo persiguen»), tatuajes temáticos o modas (‘fashion diabolic’) lo mantienen presente simbólicamente.

Interpretaciones psicológicas, sociales y simbólicas

Más allá de la teología, la demonología ha sido interpretada desde varias ópticas modernas. Psicológicamente, se postula que los demonios proyectan conflictos internos. Wilhelm Wundt notó que en las mitologías del mundo casi todos los demonios hacen el mal, atribuyendo patrones universales de conducta humana oscura. Sigmund Freud llevó esto más lejos: en El porvenir de una ilusión destaca que la imagen de los demonios procede de la relación del ser humano con los muertos, y que siempre son “espíritus de aquellos que han muerto recientemente”. En términos junguianos, podríamos decir que los demonios representan la “sombra” o partes reprimidas de la psique. En muchos sueños y neurosis, los demonios internos aparecen como miedos y deseos incontrolados que la conciencia rechaza. Desde esta perspectiva, el mito de Lucifer puede leerse como un símbolo del orgullo y la soberbia humana caídos en la oscuridad.

Socialmente, los demonios han servido de chivos expiatorios y de explicación para el sufrimiento colectivo. En sociedades antiguas, se atribuían a los demonios epidemias, hambrunas o desastres naturales. La Demonología judía antigua solía decir que “el aire está lleno de demonios” que provocan enfermedades, prefigurando la idea científica de gérmenes. De manera similar, en la Europa medieval los judíos y luego los cristianos veían en las plagas demonios que asediaban pueblos, de modo que luchar contra demonios era casi sinónimo de medicina preventiva o expiación. Las cacerías de brujas del Renacimiento y la Inquisición pueden entenderse como fenómenos sociales donde grupos desviados se identificaron con demonios para canalizar miedos colectivos.

La victoria de San Miguel Arcángel sobre el Demonio

Simbólicamente, los demonios representan el mal primordial y la rebelión contra el orden. En muchas cosmovisiones el mundo se concibe como un escenario de lucha cósmica entre el Bien (deidades benevolentes) y el Mal (demonios). Por ejemplo, la imagen cristiana del dragón caído del Apocalipsis se convirtió en un potente símbolo teatral del Diablo enfrentado a Dios, inspiración de iconos medievales que retratan a demonios aplastados por santos armados. En la actualidad, hablar del “demonio interior” o de los “propios demonios” alude a vicios personales como la ira, la envidia o la adicción. Así, aunque se hayan secularizado muchas creencias, el concepto de demonio sigue vivo como metáfora de las fuerzas caóticas de la naturaleza humana y social.

En definitiva, la demonología continúa siendo un espejo en el que la humanidad refleja sus miedos, convicciones y conflictos. Ya sea en rituales religiosos, en expresiones culturales o en la psicología contemporánea, los demonios cumplen la función de materializar el mal para intentar comprenderlo, combatirlo o, al menos, representarlo dramáticamente. Su estudio abarca desde la historia antigua hasta análisis sociopsicológicos modernos, reflejando así la profundidad y amplitud de este fenómeno universal.

Referencias: Textos históricos, antropológicos y fuentes académicas sobre demonología. (Las imágenes ilustran representaciones artísticas libres de demonios de las culturas mencionadas).


==> Blog Revista Digital 3.0 <==

=> Grupo Facebook Revista 3.0 <=

==> Visita la Bitácora de José <==

Comentarios